Leila Slimani: «La imaginación tiene un rol político porque nos permite reorganizar el mundo»

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 Con el respaldo que le da haber ganado el premio Goncourt en 2016 con la novela «Canción dulce» a los 35 años pero empecinada en que su carrera literaria no se desvíe con la agenda que traen el éxito y el espíritu de la época, la escritora franco marroquí Leila Slimani, una de de las voces más prometedoras de la narrativa francesa, defiende una literatura que repara en la riqueza de la otredad y propone, además, una apología del silencio para afrontar un mundo lleno de ruido.

«Los otros son encantadores. Es revelador darnos cuenta de que estamos cerca de gente que queremos y que nos acompaña, pero que a la vez nunca vamos a entender, que siempre van a tener una parte secreta y silenciosa», revela en la entrevista con Télam la autora, quien nació en Rabat en 1981 y llevó el mestizaje, la representación del otro y el entrecruzamiento de las cuestiones que implican la raza y la clase de las líneas de su biografía hasta las de su obra.

En su primera novela, «En el jardín del ogro» (2014) abordó la ninfomanía de una periodista y sorprendió a los lectores con aquel relato descarnado, pero el reconocimiento llegó en 2016, cuando «Canción dulce», su segunda novela, obtuvo el prestigioso Premio Goncourt que abre puertas, traducciones y que conmovió con la historia de una niñera que mata a los dos chicos que cuida. En «El país de los otros» (recientemente editada por Cabaret Voltaire), Slimani usa como materia prima la vida de su abuela, una francesa casada con un marroquí en los años cincuenta, para contar la complejidad del Marruecos que salía de la colonización. Lejos de la pretensión de explicar, su literatura muestra que «las relaciones entre Francia y Marruecos son pasionales y complejas desde hace muchos años. Y lo seguirán siendo».

De aquella complejidad también está hecha su vida. Su padre fue un político marroquí que llegó a ministro de finanzas y, tras haber sido acusado por malversación de fondos, afrontó un periplo judicial que derivó en una década en la cárcel; años después se demostró su inocencia. Su madre fue una médica franco-argelina. Cuando la autora terminó de estudiar en el liceo francés de Rabat, se instaló en París, estudió en el Instituto de Estudios Políticos y ejerció el periodismo durante varios años. Del cruce entre África y Europa, del árabe y el francés y de la literatura y el periodismo se alimenta su interés por el otro.

Como muchos otros escritores, Slimani aprovechó la pandemia para escribir un diario del confinamiento desde su casa en Normandía. No tardaron en acusarla de ser «una María Antonieta que juega a la granjera» y de estar alejada de la realidad. La escritora se defendió, en aquel momento, fiel a su estilo: «Me generó una gran decepción. La adquisición de propiedad siempre despierta reflejos xenófobos, como ya sucedía en los años treinta con los judíos que se compraban casas. Un árabe puede venir a vivir a París, pero comprarse una casa…¡Eso no! Es un país cruel con los extranjeros que tienen éxito».

Desde esa misma cabaña en la campiña francesa a donde ahora se instaló unos días para descansar con su familia, Slimani cuenta que estuvo todo el día en cama porque comió algo que le hizo mal. «Prefiero ni pronunciarlo», responde para evitar contar qué le causó semejante indigestión. La literatura, la conversación sobre aquello que la apasiona desde que es una niña, pareciera diluir el malestar.

-Télam: ¿Cómo fue ganar el premio Goncourt con solo 35 años?

-Leila Slimani: Fue una gran sorpresa. Me sentí muy contenta. En aquel momento, decidí disfrutar todos los momentos que me dio el premio porque yo quería ese premio incluso antes de ganarlo. Pero al año y medio se empezó a hacer muy difícil porque seguía recorriendo el mundo, dando entrevistas para dar cuenta de las mismas cosas y del mismo libro. Entonces, sentí con claridad la necesidad pronto de volver a mi soledad, al silencio y a la escritura para recuperar mi voz de escritora.

-T.: ¿Y pudo reencontrarse con esa voz?

-L.S.: Sí, por supuesto. Volver a trabajar en mi escritura me permitió reencontrarme. Es muy difícil ser un escritor y abordar todas las cuestiones que involucran el lanzamiento de un libro porque uno sabe que es tiempo en el que no se está escribiendo. Uno siente que la situación no tiene sentido.

-T.: «El país de los otros» está basada en la historia de sus abuelos. ¿Cómo usó el material autobiográfico? ¿Cuál es el rol de la imaginación en ese tipo de historias?

-L.S.: No hay una correspondencia exacta entre la vida de sus abuelos y aquello que cuento en el libro. Es un trabajo de ficción, por lo cual el rol de la imaginación es total, muy importante. Nunca he sido una escritora que guste mucho de escribir sobre sí misma porque realmente confío en el poder de la imaginación: creo que es un arma que hay que usar. Además, en la ficción, la imaginación tiene un rol político porque nos permite reorganizar el mundo, verlo de otra forma, hacerlo más grande. Nos permite considerar otras opciones. Entonces, sí, me inspiró la historia de mis abuelos pero nunca traté de describirlos o de contar cómo eran, porque eso no me parecía interesante. Lo que intenté fue transmitir mi propia admiración y fascinación de niña. Cuando era niña, era naïve, no entendía muchas cosas pero tenía muy presente a mi abuela, una mujer romántica, alta, rubia, de ojos verdes enormes que venía de Alsacia y a mi abuelo un héroe que había peleado contra los alemanes. Para la novela usé esa fascinación, esa mirada de niña.

-T.: El personaje de Matilde, el que representa a su abuela, es realmente complejo, lleno de matices. ¿Por qué decidió abordarla desde la contradicción?

-L.S.: ¡Tiene un montón de contradicciones! Pero no es algo original, es como todos nosotros. Es muy joven y eso la hace un poco ingenua. Es joven y anhela una vida con pasión, con aventuras, con moda y probablemente no se de cuenta de que la vida no puede ser eso todo el tiempo. Quiere vivir afuera, estar sola, pero añora el exotismo de Marruecos. A la vez, es consciente de su situación en Marruecos: Matilde quiere ser un objeto de deseo para su marido y a la vez ser una mujer independiente.

-T.: En la novela, hay un gran interés por comprender al otro, por mostrar en qué medida cada uno es único. ¿Cómo abordó la otredad?

-L.S.: Creo que a todos los escritores nos fascina la figura de «el otro». Los otros son encantadores. Es revelador darnos cuenta de que estamos cerca de gente que queremos y que nos acompaña, pero que a la vez nunca vamos a entender, que siempre van a tener una parte secreta y silenciosa. ¿Cómo los entendemos? ¿Por qué podemos estar con alguien y sentirnos tan solos? ¿Cómo vivimos la otredad? El francés, los hombres y los ricos funcionan en la novela como «los otros». Hay contradicciones y confrontación por todos lados. Y a la vez, Amin y Mathilde son «el otro» pero se enamoran, se produce un encuentro.

-T.: ¿Cree que hoy pesa más la clase o la raza?

-L.S.: La clase define todo. Si sos rico y tenés poder, cambia todo. Lo veo en mi propia historia. Como mujer marroquí en Francia y siendo independiente económicamente porque gano dinero con mi trabajo como escritora, tengo más poder que algunos hombres blancos. La clase sigue siendo lo más importante, aún cuando el racismo y la misoginia sean terribles. Algunos aspiran a que creamos que la lucha de clases se terminó y no es así, tenemos que estar alertas ante las desigualdades sociales porque son determinantes.

-T.: Trabajó como periodista durante varios años ¿Aquel oficio dejó alguna marca en su escritura literaria?

-L.S.: Creo que solo lo podría rastrear alguien que haya analizado mucho mi escritura, a la letra. Pero sí sé que como periodista aprendí a estar quieta en un lugar durante mucho tiempo y mirar. A reparar en los detalles. Y también a escuchar. Son todos recursos que uso mucho en mi escritura literaria.

-T.: Decidió dejar las redes sociales y sé que tampoco le gusta escuchar música. ¿Por qué?

-L.S.: Odio el ruido y bueno, las redes sociales son puro ruido. Un escritor necesita silencio, soledad y creo que, con los años, se fue reforzando mi sed de silencio. Tengo como un llamado constante a retomar una vida más primitiva. En esta cabaña, por ejemplo, no tengo teléfono, ni televisor, ni uso redes. Uso internet para ver películas.

-T.: Tras ganar el Goncourt, Emmanuel Macron le ofreció ser ministra de Cultura y usted dijo que no. ¿Por qué rechazó semejante ofrecimiento?

-L.S.: Porque lo sentí así. Quería seguir escribiendo y durmiendo hasta tarde. No tenía ganas de soportar el juicio y la mirada permanente de la gente sobre mí, sobre lo que digo, lo que escribo ni sobre cómo me visto. Quería seguir siendo una escritora.

Fuente Télam