Andrés Barba: «La identidad es simplemente una ficción que compartimos con los otros»

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 Entre una biografía apócrifa, un ensayo sobre el miedo como fuerza motora y una novela conjetural, el escritor Andrés Barba reconstruye en «Vida de Guastavino y Guastavino» la historia del arquitecto español que llegó a Nueva York en 1881 con cuarenta mil dólares robados y sin saber ni una sola una palabra en inglés, y se convirtió en el constructor de edificios emblemáticos que cambiaron la cara de la ciudad para la explorar «la ambigüedad de un tipo muy genial pero también un caradura clásico».

«Uno puede decidir contar una mentira al mundo pero, en cierto punto, son los demás los que definen si la creen. Eso determina quiénes somos. Guastavino trae algo de otro país y consigue que sea clave en una cultura que no tiene nada que ver, con un carácter completamente distinto», cuenta el traductor, ensayista y narrador traducido a más de veinte lenguas, durante una charla con Télam desde Madrid, centrada en cómo las mentiras pueden ser más reveladoras que la verdad y, a los fines de la ficción, incluso más ciertas.

La Grand Central Station, la catedral de Saint John the Divine o el puente de Queensboro llevan la firma de Guastavino y le dieron la pátina modernista a la ciudad de Nueva York, a la que el arquitecto valenciano había llegado en 1881 con cuarenta mil dólares procedentes de una estafa de valores y sin hablar una palabra de inglés, decidido a patentar allí una técnica medieval, la de la bóveda tabicada. A partir de esos materiales biográficos, el escritor español construye un texto híbrido que reflexiona sobre el artificio sobre el que se monta la escritura, pero también la vida misma.

Barba (Madrid, 1975) está casado con una argentina y, durante la pandemia, vivió casi un año en la ciudad de Posadas (Misiones). Hace una década, la prestigiosa revista Granta lo eligió como uno de los mejores de su generación y en 2017 ganó el premio Herralde con su novela «República luminosa».

El autor le dedica el libro a su hijo Roque, «que aprendió a hablar mientras yo aprendía a escribir este libro» y en ese gesto cariñoso se cifra, además, el espíritu del libro, recién editado por Anagrama: el narrador, dispuesto a mostrar las costuras, involucra al lector en el tejido del texto y le advierte que «la única forma de pensar es decir y no hay más modo de avanzar que ser imprecisos».

– Télam: ¿Cómo llegaste a la figura de Guastavino? ¿Cuál fue tu primer contacto con su historia?

– Andrés Barba: Me presenté a una beca de la Biblioteca Pública de Nueva York y, con una idea pragmática, pensé que si presentaba una historia neoyorquina iba a tener más posibilidades. Su nombre en aquel momento circulaba y había un movimiento interesante: se lo valoraba desde un frente muy academicista de historiadores de la arquitectura pero también había un frente popular que lo reivindicaba y a veces, con un tufo nacionalista horripilante. Me interesó mucho la ambigüedad: es un tipo muy genial pero también un caradura clásico. Es un tipo que patenta un sistema de construcción medieval y se lo agencia. Y además, es el hombre perfecto en el momento clave: aparece en un momento en el que una ciudad decide su identidad arquitectónica y su aporte es clave porque le da ese toque modernista que no habría tenido de otra manera. Entonces, en su historia confluyen muchas cosas: es un pícaro, un genialoide, un caradura y el tipo apropiado en el momento justo.

– T.: ¿Cómo trabajaste el registro? Contás la vida de un ciudadano español emblemático sin la necesidad de apoyarte en lo típicamente hispánico.

– A.B.: Llevo muchos años en pareja con una argentina y ahora mismo vivimos en Argentina, aunque ahora estemos en España en este preciso momento. Tengo un español muy intoxicado, muy poco peninsular. Me siento como un mestizo lingüístico y está muy bien porque el español peninsular me resulta un poco provinciano, tiene esa cuestión de la pureza. La RAE, institución insignia, me resulta una paternalista y vetusta y todavía tienen esas cosas del español jerarquizado. Como escritor, me gusta estar cada vez más contaminado porque indica que estoy vivo.

– T.: En los agradecimientos contás que cada tres semanas sentías que te ibas de tu camino y que era tu mujer, Carmen, la que te devolvía la orientación. ¿Qué pasaba exactamente?

– A.B.: Tenía una enorme inseguridad porque había escrito ensayos pero nunca una biografía. Este es un libro borgeano que todo el tiempo está reflexionando sobre nuestras falsas expectativas cuando leemos una biografía, me parecía un pastiche que no funcionaba. Quería que se vieran las bambalinas. Me perdí muchas veces, dudaba de la fórmula.

– T.: Es un texto breve pero es claro que requirió una investigación exhaustiva por el tipo de detalles que sumaste. ¿Cómo lograste esa condensación?

– A.B.: Fue la primera biografía que escribí en mi vida, pero si leí muchas. Algunas biografías aspiran contar la totalidad de una vida, mientras que otras, las minúsculas, concentran toda una vida en un episodio, eso es lo que haría Borges. Yo creo que contar la vida de una persona es imposible de entrada y que la única forma de hacerlo es tratando de concentrar su vida en un gesto minúsculo y, a partir de ahí, construir un relato.

– T.: ¿El gesto minúsculo de Guastavino es la mentira?

– A.B.: Es difícil de decir, pero creo que es el miedo. Sabemos muy poco sobre los dos Guastavinos y, en general, la identidad es un misterio. La identidad es simplemente una ficción que compartimos con los otros. Uno puede decidir contar una mentira al mundo pero en cierto punto son los demás los que definen si la creen y eso determina quiénes somos. Guastavino trae algo de otro país y consigue que sea clave en una cultura que no tiene nada que ver, que tiene un carácter completamente distinto.

-T.: ¿Por qué trabajaste la identidad como una construcción?

-A.B.: Me interesa mucho el tema del nacionalismo. En España, el dilema actual se plantea con una falta de talento y genialidad absoluta. Se ha recuperado de pronto un lenguaje guerracivilista que parecía que había desaparecido pero que evidentemente estaba muy presente. Los españoles piensan que la españolidad es previa a la creación del universo, a pesar de que los argentinos que se ven jóvenes y aceptan que es una ficción compartida y accidental. Los españoles ubican a España con los dinosaurios, creen que la identidad es un estrato de la tierra. Esa ingenuidad es la que lleva al colapso de estas micronacionalidades. España tiene una identidad dislocada: piensa que es una cosa y es otra. Lo mismo sucede a veces con esas personas que no saben verse, no saben lo que generan. Quienes intentan convertirlo en héroe nacional no ven que Guastavino es en realidad español en lo más oscuro del término: es un aprovechado, es un arribista, es un falso colonialista, es un ladrón, lo tiene todo. Y bueno, los nacionalistas lo ven como «el español que nos hacía falta». Por otro lado, es un personaje fascinante.

«Se puede decir de la biografía lo que decía Borges del barroco: que es un género que agota sus posibilidades y por eso linda con la caricatura. Habría que añadir que su credibilidad no está menos en entredicho», propone el autor en las primeras líneas del libro.

– T.: Más allá de la cita de Borges que elegiste, hay un planteo del tipo «El otro, el mismo» entre Guastavino padre y Guastavino hijo. En el texto hay párrafos que se repiten, gemelos, pero no necesariamente cuentan la misma historia. ¿Cómo trazaste esa continuidad?

– A.B.: Una de las cosas a las que te enfrenta la biografía es lo que les pasaba a los pintores realista de principios del siglo XX: ¿Cómo se representa la realidad? ¿Cómo es o cómo la vemos? Los impresionistas decidieron pintarla como la percibimos y eso revolucionó la pintura. Y con las biografías pasa lo mismo. ¿Cómo contamos la vida de alguien? ¿Cómo se la percibió en su momento o como fue realmente? En el caso de Guastavino, se ha dado el equívoco de que era un único personaje cuando en realidad eran dos y, no solo eso, se cree que las obras más importantes pertenecieron al segundo cuando en realidad fueron del segundo. Que, en realidad, no diseñó ninguna de ellas sino que sencillamente las ejecutó. El hijo se aprovechó de la circunstancia de que nadie se había dado cuenta de que su padre había muerto. Esa es una confusión que es real, ocurrió en la historia. Y me planteó un problema: ¿Hago un libro donde el lector sepa quién es quién o un libro donde el lector caiga también en esa confusión? Me resultó divertido que el libro estuviera teñido de esa duda.

Fuente Tèlam